domingo, 15 de abril de 2012

PERPETUIDAD DE LA CIFRA / ARMANDO ARTEAGA



PERPETUIDAD DE LA CIFRA / ARMANDO ARTEAGA

La materia existe
No sé si no se crea
No sé si solo se transforma
No sé si no se destruye

La cifra en cambio cuenta
No el cuento del fenómeno excitante
Cuantifica la materia, le da adverbio de cantidad
al tiempo, al espacio, a la vida, a la muerte:
los cuatro ayllus del habitante terrestre en su monólogo

Primero es el cero y después es el uno
Es decir quien ordenó todo este laberinto
Empezó por el vacio y terminó en la unidad, la unidad del ser
(yo soy aquel que ayer nomás decía,
el  verso azul y la canción profana…)
Sabía que el orden es algo perfecto para la aritmética

El infinito es ir viajando de uno en uno
A veces los días nos parecen viajes al infinito
Pero no, los buenos días, son apenas instantes
Sumas de felicidades, de individualidades, momentos y movimientos
Nunca tuve enfrentamientos con otros desdichados seres, salvo diferencias políticas

El concepto de la multiplicación le abrió las puertas al algebra
De niño me gustaba el algebra,
yo era (es un decir) Lawrence de Arabia (setenta veces siete)
La multiplicación de los peces ya era un viejo problema a resolver
Cuando hacía bailar el trompo como si fuera el centro del mundo
Cristo lo hizo (pasando desapercibido)
casi como un mago, pero ahora la ecuación tiene
tantas incógnitas que ninguna Cumbre de Presidentes del Mundo
Puede resolver tan sencillo problema:
Por la usura, ya lo dijo Pound, y lo metieron en una jaula

La multiplicación es ya un salto cualitativo a la demografía
Y de allí a la estadística, y a las probabilidades, asunto que los incas
Lo resolvieron contabilizando con unos hilos y unos nudos
que llamaron quipus

eso decía mi guía-turística Nathalie en la canción
roja, mientras traducía
piedras, piernas, labios, cejas, manos, senos
en cubos, conos, esferas, en Machu Picchu

Pascal, Pascal-mente, caña pensante, metido en la geometría del plano:
agricultura, terrazas, trenzas de la muchacha-guía
luego el volumen y el espacio: las maquetas, la arqueología de la arquitectura
fui haciendo el viaje por la geometría analítica
donde ahora de profesor universitario le digo a mi joven alumna:
la circunferencia es 
y ella me escribe en un papel, discretamente
que mejor eso lo discutimos en el café, por la tarde, hoy es viernes
y la noche es virgen.

sábado, 24 de marzo de 2012

ES EL DUENDE QUE SILBA, SILVIA / ARMANDO ARTEAGA



ES EL DUENDE QUE SILBA, SILVIA / ARMANDO ARTEAGA


Demasiada
morcilla de pescado y vino
corre por El Caballito del Mar
-en el mantel de la mesa-
o, en la alfombra de la casa -busca totora, el gato-.
Estrujas la turmalina azul con la nevera.
Llenas el polvo de los libros
de un extraño concepto
con olor a mandarina:
es mejor al otro olor a naftalina.
Sí, porque la nafta, es cosa de viejos
y la manda, es cosa de viajes:
te mueres si te digo que no es nada
tener mirada sureña hacia la playa
donde dos muchachas se bañan casi desnudas
se besan, se acarician, se suicidan
con el sol de la tarde, o es el crepúsculo
volviendo por el horizonte
destemplando el dulce color
de este verano que arrima
el pan con mantequilla al desayuno chingado,
opina sobre la última noticia exuberante, el calor
o peor, las imágenes siempre se suceden
en el oscuro televisor de la esquina
es mejor, se hubieran quedado siempre
platicando con la estatua griega o la pantalla
tan silenciosa al costado del sillón más antiguo.
Es mejor, entonces, la profética memoria olvido, botes la corbata
Te arremangues la camisa y mires el reloj:
Es otro tiempo, todo lo aniquila la oficina.
No tienes tiempo para nada, ni para leer
el mísero periódico que amarilla la tarde.
Y vuelve otra vez el crepúsculo, sin mañana
imposible, sin el espacio oscuro
para realizar la siesta.
Ya sé que tú eres tremenda para dormir
Boca de lagarta, loba, perra, o gata
pero pronto te iras de esta ciudad:
asfixia, una cinta de terciopelo negro
juega olímpicamente con el viento, rascacielos.
Vete a joder -la mosca- a otro sitio.
Que no ponga sus patas sobre la mantequilla
o la morcilla o el vino.
El pan –solo- no va mal, pero no solo de pan
vive el homo sapiens
y no tan sexual se vuelve la tibieza, o la tristeza
de la almohada cuando pasa la tarde
con el viento, con la bulla y las patas de la mosca,
ojalá,
nunca vuelva  sobre la estupenda
grasa de la leche, sobre la vaca muerta
o sobre tantos muertos de esta patria.



martes, 14 de febrero de 2012

MARA MORA DA MARAÑA DE MARASMO / Por Armando Arteaga



MARA MORA DA MARAÑA DE MARASMO

Por Armando Arteaga

Falto de amor: atónito
Asunto que me trae a estos lares de tu desamor Mara
Puente se descolgó, mundo se va acabar
No tengo minutos ni oídos
Para escuchar tantas silvestres frases
de los hombres de estos territorios:
geología barroca y boscosa.
Apenas  sobre la pálida ventana
de la comunicación me asoma tu aroma.  Asombra  ver
el mundo
como una tortuga estática
tampoco es la ecuestre de Moro,
moro en este trajinar, moro en esta dimensión
equívocamente, buscando libros.
Me faltó este amor equivocado de Mara
lacerado, olvidado, vilipendiado, odiado
leproso, escribo en prosa de perla del muladar
A toda esta incertidumbre
de saberme después de escribir liberado
“one, two, three, the flowers…”
Verme acobardado frente a la verdad de sus  inmensos ojos
andaluces  mentirosos.  Moro expulsado de España.  Shipibo en España.
Moro tu amor, Mara, tu desamor.
Este desengaño torpe,
Me dijo.  Le dije: Quédate.
No quiso.  Mi arte kené.



viernes, 6 de enero de 2012

LUNA LLENA EN EL VERANO MOCHE / ARMANDO ARTEAGA

LUNA LLENA EN EL VERANO MOCHE / ARMANDO ARTEAGA



El barro moche.  Casas de adobes. Techos de esteras. Columnas de algarrobos.
Y, edificios,  en  paredes de quincha norteña.

Ruidos de carros que pasan por la autopista.
Ladridos de perros, lamentaciones.
No se puede ni pestañear en este pueblo La Quemazón, posible infierno.
Hormigas, luciérnagas, alacranes.
Yo soy el príncipe de los alacranes.

Dormir.  No se puede dormir.
Un muro de preocupaciones.
No se puede
escribir.

Sueño con un pueblo agreste de la costa peruana.
Vivito y coleando en Colán.
Noche de verano, calor terrible, estrellas.
Estoy solo en el espacio infinito.
No  tengo miedo.
Pero respeto la soledad de las estrellas.

jueves, 29 de diciembre de 2011

ARITMETICA DE AMANECE Y DE ANOCHECE / ARMANDO ARTEAGA




ARITMETICA DE AMANECE Y DE ANOCHECE / ARMANDO ARTEAGA

Invadido de characas amaneció el lago helado y sagrado
revolución lacustre realizada por el tiempo
esa multiplicación de los peces
era lo que esperaba el altiplánico pueblo olvidado
para superar el hambre,  la codicia,  el hurto a mano armada

Amanece en el distrito bellaco y blanco
Amanece en el celebre dilema inconmensurable
Amanece en el otoño triste donde pasta el buey y el guanaco
Amanece en esta oscuridad de la comarca

Anochece en el fuego verdadero de la vida
Anochece en la casa de enfrente dormida a solas
Anochece en el cerebro, el ojo, el cinema mudo y cerrado
Anochece por partes alrededor de un amor insolente y tolerable

Del lago llueve,  llueve,  llueve  tres veces
peces (characas) flotando sobre la piscina de la hostal
del seno con el coseno y de la raíz de tres:
amantes que perdieron la ilusión
amor de múltiples aristas y visiones.


domingo, 25 de diciembre de 2011

El ‘Monarca’ de los bares / Raúl Mendoza

DOMINGO/ La Republica
25 de diciembre de 2011

El ‘Monarca’ de los bares

El Monarca es un local con mucha historia pero de perfil bajo al lado de otros  bares emblemáticos.
Esta es la crónica de una noche de copas en el lugar y un acercamiento a su historia en la voz de gente que lo conoce desde hace décadas. Muchos lamentan que la ‘hora segura’ recorte su noctámbulo horario de atención.

Por Raúl Mendoza
Fotos José Loo




 El brazo del jugador agita el cubilete en el aire por varios segundos, da un golpe seco sobre la mesa y deja correr los dados, que caen en cascada. Después el hombre saca cuentas y espera que sus dos compañeros prueben si tienen buena mano. Mientras tanto, se sirve un vaso de cerveza y sigue atento el juego de ‘cachito’, una vieja costumbre entre los asiduos a este ‘córner’ con historia. Son las once de la noche de un viernes en el bar-café Monarca, en Guzmán Blanco 445, y la gente se anima con trago, piqueos, conversa y los infaltables “yo te estimo”.
El jugador se llama Víctor Romero y cuenta que junto a sus amigos viene siempre a uno de los últimos bares emblemáticos que le quedan a Lima “porque conserva la tradición del cachito”. Dice sonriente que, a pesar de los borrachos presentes, esta “no es una cantina cualquiera” sino que se puede tomar tranquilo porque “aquí viene  gente seria”. Su amigo Luis Camacho, al lado, se queja porque ahora el local acata la prohibición de fumar.
Esta noche no es distinta a otras: el bar se llena a medias y no es difícil conseguir mesa. Unos salen y otros llegan. El Monarca tiene seguidores que aprecian su estilo sesentero (con salones enchapados en madera y espejos), sus buenos tragos cortos (el chilcano de pisco es recomendable) y sus platos para aplacar el hambre cuando el trago abre el apetito (sánguches de jamón o asado, tamales chinchanos o tibias papas rellenas). Es un local a la manera antigua: venden ‘chela’ grande y los mozos envejecen con el local.
Félix Espinoza, 65 años, llegó aquí hace cuarenta años para atender las mesas y ha visto pasar la historia del local frente a sus ojos. Es el mozo más antiguo de los tres que hay y el más parco, pero alcanza a contar que vio a Luis Alberto Sánchez o Armando Villanueva en una de las mesas, un lejano día de la fraternidad aprista. Cuenta que en los años 90 el bar se llenaba y que antes el mobiliario era enteramente de madera, pero con los años se reemplazó por sillas y mesas más baratas.
Un poquito de historia
Ni siquiera el dueño de este bar-café, Alejandro Oshiro, 60 años, se acuerda  ahora del año de nacimiento del local, aunque dice que “debe tener más o menos 50 años”. Cuenta que el primer propietario fue su padre, Santos Oshiro, y en su primera etapa fue más un café y un salón de té que un bar. “Aquí en los primeros años había viandas de comida, tortas, postres, pero con el tiempo se empezó a vender tragos cortos y después cerveza”. Alejandro se hizo cargo de la administración del bar hace más de 30 años y desde entonces pasa sus días detrás del mostrador, jugando a las cartas con los mozos en los tiempos muertos que le deja el negocio.
 No recuerda, o no quiere recordar, personajes de la política en su bar, pero sí la presencia de jugadores como Roberto Challe o del cómico Miguel Barraza hace más de una década. No ha guardado fotografías antiguas del local ni está seguro de que ya pertenezca a la memoria bohemia de Lima. Lo que sí sabe es que aquí recalan los trabajadores de las empresas cercanas a la salida de la chamba, profesionales de 35 años para arriba que matan la noche en sus mesas y borrachos conocidos que gustan de sus tragos y sus piqueos a buen precio. “Los viernes siempre tenemos más gente que los sábados”, explica.
A la 1.30 de la madrugada en el Monarca la mayoría de mesas están vacías, pero alguna gente sigue llegando. Vienen de otros bares que cierran a esta hora. Por eso se conoce a este bar: es un ‘córner’ de noctámbulos que atiende hasta que el último grupo se haya ido. A esta hora nos encontramos en una mesa con dos literatos, Armando Arteaga y Teófilo Gutiérrez, quien además ha trabajado en La República. El primero cuenta que en el edificio Guzmán Blanco –el bar funciona en el primer piso– quedaba el consultorio del famoso doctor Segisfredo Luza y, cuando este fue acusado de asesinar a un joven, el bar también se hizo conocido. “Los diarios tomaban fotos del edificio y el Monarca aparecía ahí”, cuenta y dice salud.
Este rincón es reconocido desde fuera por su nombre en letras amarillas de neón. En el hall de entrada usualmente se sientan las parejas y ahora es también el área para fumadores. Desde una mesa de esta zona un grupo de amigos, que se han reencontrado después de años, nos cuenta que aquí se reunían hace décadas los ingenieros del Ministerio de Transporte, los médicos que trabajaban cerca y los masones que hasta ahora tienen su local en el jirón Washington. “Por aquí caen también intelectuales que saben de su historia y recuerdan el lugar”, cuenta uno de los amigos literatos.
El propietario, Alejandro Oshiro, no se acuerda si antes han escrito algún artículo sobre su bar, que hoy luce un aire decadente. Por lo menos él no ha dado entrevistas. Le preguntamos que hará ahora que la ‘hora segura’ de la municipalidad le impedirá vender licor después de las 3 de la mañana. “Antes me quedaba hasta las 5 de la madrugada a veces; ahora habrá que acostarse más temprano”.

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