lunes, 20 de julio de 2009

ICEBERG DE HIELO NEGRO/ ARMANDO ARTEAGA

FICCIÓN BREVE

ICEBERG DE HIELO NEGRO

Por Armando Arteaga

El hombre apareció en la naturaleza
y ahora empieza a desaparecer en las ciudades.



En 1969, Cleaver era un muchacho negro de la calle Malambo que participó en un asalto a un banco. Fue condenado a 13 años de prisión.

En el 76, luego de haber observado buena conducta en la cárcel, fue amnistiado y se le otorgó libertad condicional. El gorrión, o el conejo, se escapó de la jaula. En prisión Cleaver había leído versos y novelas. Ya no era el agresivo rebelde sin causa, sino había aprendido el arte de conversar y a discrepar. Pero Cleaver, una noche de farra, al salir de un callejón sin salida de Francisco Pizarro, en el Rímac; fue acribillado a balazos por un matón de otro grupo que no aceptaba la readaptación social que a Clever le parecía una cosa sensata.

Muerte. Oscuridad. Cosa sensata. Zen. Satán. Fatalismo: expresión de un azar ciego. El libre albedrio, ya lo dijo Aristóteles: “la virtud, igual que la maldad, está en nuestra decisión”. Este “casualismo” de Cleaver, o causalidad cáustica de su vida, no es ficción, sino exigencia de su inquietud. Los actos humanos no están exactamente explicados. Muchas veces no entendemos sus verdaderas causas, no vemos su real origen. Sólo los entendemos en sus manifestaciones, por lo que ni podemos justipreciarlos.

Llamamos “causalismo” (aceptando el neologismo) a la manera como se realizan gran parte de nuestros actos; al por qué y cómo se realizan nuestros actos conscientes o inconscientes. Todo fenómeno de la naturaleza es el efecto de una causa, igualmente todo acto, hecho, suceso, o estado individual o social, constituye el efecto de determinada causa.

El caso de Cleaver es asunto de “causalismo”. Los hechos humanos son efectos no aceptados de determinadas causas, que originalmente tuvieron otro propósito, y que, al producirse, se trasmutan a su vez en causas de otros efectos. Pero, al que no crea así como yo…, le recomiendo leer algo de “teoría de probabilidad e inferencia estadística”, no sirve de mucho para aclarar el tema, ni las leyes de Demorgan, ni el “producto cartesiano de eventos”, ni el “teorema de probabilidad total”*, ni el “teorema de Bayes”. Supongamos ahora que el conejo escogido aleatoriamente, se ve que es blanco. ¿Cuál es la probabilidad de que provenga de la jaula?.


Problema matemático…, que me acompañó en varios insomnios, en mis noches de estudiante universitario, pero cuya respuesta nunca me ha servido para entender la muerte de Clever.

Causa es todo lo que produce un efecto. No existe, pues, fenómeno sin causa; y es esta relación de observación la que permite la investigación científica, mediante la elaboración de leyes. Este “teorema de Bayes”, no demuestra tampoco la causalidad de la vida de Cleaver, fue un asunto abstracto que no me ha dejado dormir varias noches en mi vida adolescente, mientras la ciudad dormía su propio sueño urbano.



*PROBLEMA: En un laboratorio hay tres jaulas. En la jaula I hay dos conejos pardos y tres blancos, la jaula II tiene 4 conejos pardos y dos blancos, y la jaula III contiene 5 conejos pardos y 5 blancos. Se selecciona al azar una jaula y se saca un conejo aleatoriamente de esta jaula. ¿Cuál es la probabilidad que el conejo escogido sea blanco?.
Solución:
Con el diagrama del árbol de probabilidades.
Sea el evento A: “salga un conejo blanco”.
RESPUESTA: 43/ 90.

Del libro ¨Los pobres diablos¨.

viernes, 3 de julio de 2009

La Montaña de Horacio Hidrovo Peñaherrera/ Juan Félix Cortés Espinosa

La Montaña de Horacio Hidrovo Peñaherrera
Por: Juan Félix Cortés Espinosa

El destacado poeta ecuatoriano, Horacio Hidrovo Peñaherrera reconocido internacionalmente por su prolífica obra literaria, ha publicado el libro “La Montaña”, como un homenaje a su terruño que lo acogió para ser un auténtico creador de poemas y con el transcurrir del tiempo su palabra ha recogido el sentir de un pueblo amante de la naturaleza y de la vida.A Horacio lo conocen los campesinos del Ecuador y le expresan un cariño especial, tal vez, porque en su poesía siempre se encuentra el canto cristalino de sus montañas, de sus valles, de sus ríos y quebradas.Horacio Hidrovo Peñaherrera, nació en la ciudad de Santa Ana y que he tenido la suerte de conocer y pertenece a la provincia de Manabi; el poeta es profesor de Literatura y laboró en el prestigioso Colegio Nacional Olmedo, de Portoviejo y ahora recuerdo que en el año 1971 me invitó para participar en el Festival de La Lira y que se realiza en este colegio en el mes de setiembre, Horacio y su familia me hospedaron en su casa y conocí de cerca la generosidad del pueblo manabita e hice amistad con prestigiosos poetas del Ecuador, premiados y homenajeados por la calidad de sus creaciones poéticas.Actualmente el poeta de Santa Ana, es director del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad Laica, Eloy Alfaro de Manabi y se ha desempeñado como docente universitario en la cátedra de Literatura; anualmente la universidad organiza el Encuentro Internacional de poetas y concurren una buena cantidad de creadores de América.
SU QUEHACER POETICO ES AMPLIAMENTE
Entre los galardones que ha obtenido Horacio se pueden citar los siguientes: El Consejo Nacional de Cultura del Ecuador le adjudicó el año 2,000 el Premio Nacional “Benjamin Carrión” y en la década del setenta ganó el premio nacional de poesía “Pérez Pazmiño” que convoca todos los años el diario El Universo de Guayaquil, asimismo, fue candidato al Premio Nacional “Eugenio Espejo”Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas, en varias antologías nacionales e internacionales han difundido sus textos y como periodista escribe en importantes diarios y revistas de su país y del exterior, es invitado a congresos y encuentros de poesía que se efectúan en Europa y América y ha recibido distinciones, condecoraciones y homenajes de importantes instituciones culturales, municipalidades y universidades.
La Montaña de Horacio Hidrovo Peñaherrera.
LA MONTAÑA ES UN CANTO A LA NATURALEZA
Los poemas que hemos leído, tienen un mensaje y un contenido y están revestidos de un profundo amor y compromiso con la montaña, espacio vital donde habitan los animales, las plantas y el hombre que transforma su vida cada día y los ríos que traen el agua para continuar con la existencia, el lenguaje que utiliza Horacio, es el perdurable, la belleza y el encanto nos conmueve y nos identificamos plenamente con sus sentimientos, con su compromiso vital y sobretodo con la naturaleza directa y hermosa, Horacio es un poeta experimentado, lleno de vivencias, de viajes, ha conversado siempre con la naturaleza, ha defendido su magia, conoce las lluvias torrenciales, a los campesinos de su pueblo, ha sabido unir la historia del pueblo con la majestuosidad de una ecología que lo atrae y lo enamora desde niño, porque a temprana edad tocó la tierra húmeda de la montaña y supo los horarios de los pájaros cuando cantaban con la libertad absoluta ee3 una naturaleza que está perenne y cariñosa, Horacio con su poesía rescata el valor y la presencia de la montaña que vio nacer a sus ancestros, creemos que este libro es fundamental para ingresar a la ternura de una geografía donde la montaña es fuente energía renovable y de grandeza perdurable.
Horacio Hidrovo Peñaherrera, en la montaña tiene su casa museo y todos los días la visitan sus pájaros de Santa Ana, sus compatriotas, sus amigos extranjeros, y sus poemas que siguen cantando a los truenos, a los aguaceros, a sus antepasados que siguen caminando entre sus cosas.

lunes, 29 de junio de 2009

MARILYN READING....

MARILYN reading....
Y nada menos que "Ulysses" de James Joyce, pongase las pilas señores profesores..., busquen su "plan lector"... a.a.

jueves, 4 de junio de 2009

BOCAS PINTADAS DEL BARRIO ROJO/ ARMANDO ARTEAGA





BOCAS PINTADAS DEL BARRIO ROJO/ Armando Arteaga

¿Quienes son estas muchachas que caminan
por estas calles locas desnudas en pleno invierno
mostrando sus enormes glúteos, van en toda esta agonía
que cubre el cielo gris de esta ciudad sin nombre,
vienen por el otro lado sureño, traen un poco de rouge
en la cara, rimel en los ojos, las uñas pintadas de rojo
parecen leopardos listas al primer asalto de su presa
dan vueltas en el infinito torbellino de la nada
en este vértigo del tiempo, son bultos y desaparecen
bajo la lluvia, solas, de nuevo a sus casas, celulitis
edificios sucios, callejones, o ascensores viejos
y desarreglados, escaleras hacia ningún cielo:
las esperan las muecas duras y destempladas
de otros seres más marginales que ellas, tan hambrientos
como los tiburones llenos de sangre ajena, el puñal
por la espalda, las carcajadas, una tarde de cebollas,
ajos y emes, de carajos y dados que ruedan por el suelo
debajo de la mesa, infectados de colillas y escupitajos
sobre el aserrín de la vida, las maderas hechas polvo,
el bosque muerto de tus ojos, hombres muertos en vida
que las rodean como perlas infinitas y brillantes
sobre sus cuellos botticellianos, mujeres poliformes
y perversas para el sexo, perros lamiéndose el culo
ratas, cucarachas, niños-hormigas llevando
su pequeño terrón de azúcar, quiénes son
estos cuerpos lubricados y dulces que no representan
nada, apenas una risa que desemboca en la locura
o una imagen impostergable de dolor al fondo del oscuro
pasadizo donde espera el cansancio, la soledad, la muerte
sonriente, un minuto más
cambia la luz del semáforo, no hay tiempo, qué perder, huye
corre, olvida esta ciudad, cruza el puente
sigue la flecha del final de la noche,
sigue el tiempo rengo de la mirada y el aburrimiento:
no vuelvas la mirada hacia atrás
pinta de negro los ladrillos del barrio rojo,
allá quedó la impetuosa juventud
aquí va la otra orilla de la vida
la friega diaria de haber vivido
mirando la paja en el ojo ajeno
-no deseando a la mujer del carnicero-,
el aire mueve el trigo, la paja, te cambia las palabras,
estas bocas pintadas en qué sueño han vivido?.


miércoles, 6 de mayo de 2009

EXPRESIÓN POPULAR, TRADICIÓN LITERARIA Y HETEROGENEIDAD EN CELSO V. TORRES / ARMANDO ARTEAGA

EXPRESIÓN POPULAR, TRADICIÓN LITERARIA Y HETEROGENIEDAD
EN CELSO V. TORRES   
Armando Arteaga


Armando Arteaga exponiendo sobre la obra de Celso V. Torres y Aureo Sotelo (AEPA) en Huari.

Celso Víctor Torres Figueroa, escritor y periodista, además de escribano y notario público, nació en Caraz el 18 de julio de 1859 y falleció en la misma ciudad el 12 de noviembre del 1918. Celso V. Torres –que era así como firmaba sus escritos-, publicó en sus años iniciales un libro de poesía popular y romántica: “Nueva Colección de Yaravíes y Huaynos Peruanos” (Librería e Imprenta de Carlos Prince, Lima, 1888), del que existe un ejemplar deteriorado en la Biblioteca Nacional. Obra literaria y poética, etnológica y antropológica, que algunos críticos despistados han querido desdeñar como “folklórica”, pero que tiene un valor social e intrínseco para su trayectoria de escritor. Aunque también, hay que reconocer, el mismo Celso V. Torres llamó a este libro del ímpetu juvenil: “obra chabacana”, hija de la locura. Pienso que, desalentado, e influenciado por el prestigio literario y la tendencia hispanófila- romancesca de su amigo Ricardo Palma

“Nueva Colección de Yaravíes y Huaynos Peruanos” fue editado nuevamente en 1903, recuperado -este libro- en una edición de carácter popular, seleccionando 45 canciones. Algunas de estas “piezas” notables del folklore popular forman ya parte de la cultura tradicional ancashina, siguiendo el rumbo de estas “hojas de ruta” han llegado a ser parte de un significativo contenido: espiritual y social, tal como clasifica Bronislaw Malinowsky a cualquier material (o patrimonio tradicional) de natural oralidad : ideas espirituales y objetos sociales, para llegar al nivel aceptable de “resguardar” la autenticidad de lo tradicional: el discurso etnológico y el espacio antropológico. El conocimiento, -asume Claude Lévi-Strauss en “Tristes trópicos”-, no se apoya sobre la renuncia o sobre el trueque, sino que consiste en una selección de los aspectos verdaderos, es decir, los elementos materiales que coinciden con las propiedades del pensamiento. La literatura como objeto social se vuelve asunto espiritual.

Por lo tanto, iremos tras la acción del pensamiento social y la evolución -intelectual y literaria- de Celso V. Torres, que el editor Prince ha exaltado con énfasis en aquella edición de 1903: “Cada nota es un agudo puñal que atraviesa de parte a parte al corazón: cuya apoyatura lastima el alma, y no hay fiera que a la melodía de tan penetrantes acentos no se echara a los pies de quien lo produce”. Se refiere al éxito del texto sobre lector y/u oyente, si el atributo poético fuera o viniera (como yo creo) de la tradición oral. Es una “obra” que aporta mucho del saber tradicional de las clases populares, abre así una propuesta diversa en la perspectiva etnológica y en lo antropológico.

 No obstante, “Nueva Colección de Yaravíes y Huaynos Peruanos” expresan el mundo sentimental y nostálgico del esplendor de la vida provinciana y rural, del amor al terruño: “son versos festivos para ser acompañados con la guitarra andina, para la serenata a la luz de la luna, invadiendo el silencio de la noche, al borde de una ventana de casona antigua”. Es difícil precisar el límite real de estas “recopilaciones” y/o “creaciones” para trovadores andinos, o “canciones”, que algunos llaman “serranitas” [así son señalados dos temas de tónica andina grabados por Heinrich Brünning en Etén, Lambayeque, 1909]. Aunque parece que la “oralidad” y la “musicalidad” de estos versos aparentemente “chuscos” y rústicos, se mantienen todavía vivos en el imaginario popular; tienen mucho prestigio estos versos, que han quedado como parte de cierta sabiduría popular, se mantienen vivos como parte del “romancero oral” de esta poesía popular y regional, impulsada desde el “feeling” social que trasmite, desde la rudimentaria vivencia humana: la experiencia de lo personal y la ciencia de lo colectivo.

Celso V. Torres, escritor y periodista nacido en Caraz-Ancash.

Por lo tanto, quedó expuesta toda esta “poética” de Celso V. Torres para el estudio posterior, que hoy demanda aún desde la perspectiva del “folklore” (como conocimiento tradicional de las cosas y el ser humano). Se muestra allí lo “cultivado” o civilizado, y lo que existe naturalmente del ser “espontáneo” o silvestre.
 
Y, aunque, Ricardo Palma lo desalentó a dejar la poesía, considerando sus poemas como “malitos”. Creo que, era más por la reminiscencia “prosaica” que tenía Palma acerca del “tradicionalista” que habitaba en Celso V. Torres, por esa tendencia hacia una narrativa naturista, por ser dueño de una prosa fina y post-romántica (algo bequeriana, por el lado de sus “leyendas”, pero sin los excesos churriguerescos de Palma), y que se adelantaba ya, hacia la nueva tendencia modernista (superando así el “dulzón” extremo del romanticismo provinciano que empezaba a adormitar los cenáculos de intelectuales y escritores de esa época, y que imperaba “de mode”). La obra de Celso V. Torres llena de nuevas vivencias directas, reafirma los aires naturales de lo que sería más tarde el indigenismo. Allí, duermen, en esta obra “folklórica” de Celso V. Torres: tristes, valses, yaravíes, huaynos y marineras. Se puede reconocer en muchas de sus estrofas valiosas canciones que conservan la “matriz” andina, del lamento, del júbilo amoroso, y del acervo popular.


C. Augusto Alba Herrera y Armando Arteaga en Huari.


 Los “botones” de lo etnológico de la muestra antológica de esta obra mal llamada “chabacana” se dan -por ejemplo- en “El Matrimonio” (huayno testimonial y sentimental), en ”Cae el Árbol” y “En los jardines” (huayno de las cosas naturales), en “Expatriado” (huayno de la expresión y la meditación telúrica), en “Kesampis” (huayno del sincretismo lingüístico) y en “Despedida” (posible chuscada donde el trovador popular exalta su ausencia). Lo mismo, puede leerse el testimonio antropológico de lo campesino, en marineras como “La Yanachaquina”, en “La Ronda”, en “La Guardia”, en “La Serenata”, en “La Arequipeña” y en “Resignación”. La melancólica nota musical de yaravíes como en “Adiós”, en “Sufrir y Penar”, en “Lamentos”, o en “El Lucero”. Y otras “propuestas” de carácter vanguardista como en “La apacible tortolilla” y en “La soledad”, y en otras instancias de la respectiva “poética” de Celso V. Torres.

Veamos este “Pie Forzado” que tituló: “El Pañuelo”, ubicándose muy cerca de las “tonadas” sublimes de Abelardo Gamarra “El Tunante” con un sabor muy norteño, así como ciertas reminiscencias por el esplendor del pasado, tal como en las recopilaciones de “canciones andinas” en las “Azucenas Quechuas” de Adolfo Vienrich:

Pañuelo blanco me diste,
Pañuelo para llorar;
¿de qué me sirven pañuelos
Si tu amor no ha de durar?

Con las armas del engaño
tu triunfaste y me venciste
y por mi último sudario
pañuelo blanco me diste.

Cuando vayas a mi tumba
con tus llantos a regar,
veamos como ha de faltarte
pañuelo para llorar

¡De qué me sirve la vida
si he perdido mis consuelos?
y si lágrimas me faltan
¿de qué me sirven pañuelos?

De tu leve corazón
nada tengo que esperar,
ni quiero dure mi vida
si tu amor no ha de durar.

¡Ay zamba, ay negra!,
Tú me has de quitar la vida
llorando.

Celso V. Torres aportó -también- al género de la “tradición” literaria (¿historia tradicional de los pueblos?), donde destacó con mucho acierto literario, para sucumbir vanamente disperso en el trajín periodístico, y aún sin vanagloriar después el excelente valor artístico y literario de sus escritos. El olvido literario involucró parte de su logrado prestigio de escritor al lado de Palma, dejando sus huellas literarias en el archivo polvoriento del periódico “Prensa de Huaylas”, en casi nada.



Libro donde se ha recopilado parte de la obra de Celso V. Torres realizado por C. Augusto Alba Herrera.

Aparece –entonces- aquí, como un escritor marginado dentro de la literatura peruana, con algún reconocimiento dentro de la literatura regional de Ancash: César A. Ángeles Caballero, Víctor M. Phillips, Justo Fernández, Manuel S. Reina Loli y Mauro G. Mendoza, entre otros han contribuido a su reivindicación literaria. Su obra literaria fue poco estudiada, permanece un buen tiempo dispersa y escondida en periódicos locales de la época, en “Prensa de Huaylas” sobre todo, donde publica desde 1903 hasta 1910; de donde -en parte- se ha rescatado lo más valioso de su obra literaria, por esta aproximación realizada por C. Augusto Alba Herrera en su libro “Celso V. Torres, Amigo de Palma en Caraz” (Lima, 1991).

En realidad, flaco favor le han hecho a Celso V. Torres al sublimar con exageración su relación amical con Ricardo Palma. Lo cierto es que Ricardo Palma copió algunos “aportes” y “datos” de Celso V. Torres para algunas de sus famosas “Tradiciones Peruanas”, y con Torres mantuvieron siempre una cordial relación epistolar, y de “mnemotécnica literaria”, que ayudó a florecer y robustecer varias “tradiciones”. Esta relación, también “heurística” benefició a ambos, la correspondencia iba casi siempre de Caraz a Lima, y hay versiones que entrelazan el humor y la perficiente erótica vulgar de las “Tradiciones en Salsa Verde”, ambos se tomaban el pelo como escritores “vejetes” para abordar temas del “hueveo” juvenil sexual y literario; temas que por cierto nunca tienen edad ni censura, salvo las que le han impuesto los hipócritas y cucufatos.

Encuentro similitud de “estilos” entre la tradición “Ortografía” (1903) de Celso V. Torres y “Tajo o Tejo” de Ricardo Palma, donde los acentos, los puntos y comas, los signos de admiración e interrogación, van poniendo los preludios, las figuras de duración de los sonidos y los silencios, deforman las imágenes, el ritmo de las estrofas, los matices e intensidades de las silabas, que van armonizando cada nuevo significado, que van alterando, según cambia la acentuación o se liberan de las reglas gramaticales los significados, produciendo hilaridad, donde las hipérboles literarias descomponen el sentido lógico de las estrofas iniciales, desembarcando risas por el sin sentido de las cosas.

Pienso que Celso V. Torres no le debe nada a Ricardo Palma, ni Palma le debe nada a Torres. Coincidieron en las “tradiciones” de Palma donde aparece Ancash, por los “datos” que aportó Torres en las siguientes: “La vieja de Bolívar”, “Las Tres Etcéteras del Libertador”, “Coronguinas”, “El Santo Varón”, y “Quién Toca el Arpa”.

La “tradición” literaria, por lo demás, fue un género muy desarrollado desde siempre, y se ha mantenido -aún- tardíamente con prestigio. Y -ha sido- desarrollado este género por autores como: Clorinda Matto de Turner en “Tradiciones Cuzqueñas”, Mariano H. Cateriano en “Tradiciones de Arequipa”, Aurelio Arnao en “Cronicones novelados”, y Carlos Camino Calderón en “Tradiciones de Trujillo), entre otros.

Celso V. Torres no llegó a publicar sus “textos” como “tradiciones”, tal como los ha presentado C. Augusto Alba Herrera. Y, de esta estirpe de “tradiciones”, sobresalen por su valor literario: “Ortografía”, “Finanzas de Uñiperio”, “El puente del asno”, “El tiro por la culata”, “Los números mienten”, “La lengua de Cervantes”, “Barrio de Arequipa”, “Los pregones de Lima”, “Los pericotes”, “Huaylas” (un asunto de filología).

La heterogeneidad literaria de Celso V. Torres está expresada en cierto descaro para asumir los rigores de la vida moderna, en su “estilo” literario, que es muy desprendido de llevar adornos (como ostentan otros escritores tradicionalistas de su época); al contrario, él es un escritor muy conceptual, directo y realista, pero con mucha imaginación. Fue un hombre de una amplia cultura, cosmopolita, y mundana, además de un gran observador del el detalle “confabulado” de lo popular. Nunca hizo ninguna concesión a lo chabacano, es el primer escritor ancashino que asume el positivismo como tendencia filosófica en sus escritos, incorpora la lógica de la aritmética con las paradojas de la contabilidad, así como buscó siempre el conciliábulo de lo académico con la rehabilitación de la anécdota popular. Reivindicó los aciertos de la crítica austera y picara limeña mezclándola con el regaño áspero y sutil de su provincianismo, para detallar aciertos y desaciertos de sus paisanos frente al transcurrir de los sucesos la vida entre los hombres. Usó el arte narrativo del contar historias suntuosamente elegantes para mejorar el lenguaje del pueblo, para purificarlo y dotarlo de un humor sencillo.

Huari participó masivamente en el evento.
*
Ponencia presentada al XVIII Encuentro de Escritores y Poetas de Ancash- AEPA. , 15-16 Y 17 de Mayo del 2009 en Huari-Ancash.

sábado, 25 de abril de 2009

LUÍS PARDO, EL BANDOLERO, NO FUE POETA/ RÁFAEL BERNARDO ÁLVAREZ

Luis Pardo, el bandolero, no fue poeta

El poeta, la amada muerta y la flor del monte
Bernardo Rafael Álvarez

Carecía de inclinaciones literarias. Esto es lo que sabemos a partir de la lectura de la que es, creo, la más completa y fiel biografía que se haya escrito acerca de él y cuyo autor fue -¿quién más?- el poeta chiquiano Alberto Carrillo Ramírez.[1]
Sabemos también que su niñez, en la escuela, no fue precisamente provechosa. Su tío Manuel Morán González contaba -y esta versión la recogió Carrillo- que era un “muchacho vivaz e inteligente, pero poco afecto al estudio” y, más bien, daba muestras de ser “un perfecto holgazán” y, “debido a que nunca pudo dar una buena lección”, llegó a ganarse entre sus condiscípulos, la fama de “bruto”; distinguiéndose, además, “por su carácter impulsivo y pendenciero”. “Cuando llegaba a encolerizarse –refiere el vanguardista autor de Poemas cavernarios- tornábase indomable y era capaz de cometer cualquier desatino, razón por la cual los chicos de su misma edad y sus mismos hermanos lo miraban con respeto.”

Su biógrafo afirma que “en la vivacidad de sus negros ojos, su locuacidad y su modo de ser vivaracho e inquieto”, podía vislumbrarse un alentador pronóstico; lo cual, sin embargo, no habría de llegar a materializarse, pues “por ausencia de todo control en casa de sus abuelos” (que es donde fue criado) terminó convirtiéndose en “un muchacho voluntarioso y pródigo, disipado y callejero” y –seguimos con la versión de Morán González, su tío- “dado al despilfarro”, pero “también generoso con todos y nada codicioso ni egoísta.”

Quedó huérfano de padre a los once años de edad. Y esta circunstancia, sin duda, debió ser la que agravó su situación: “vióse, de la noche a la mañana, como barco sin timón que, abandonado en alta mar, se encuentra a merced de las olas” (Carrillo). No es, sin embargo, que la muerte de su progenitor lo hubiera dejado sin cariño y protección. Recordemos que en alguna oportunidad cuando su maestro de primaria iba a infligirle un castigo físico y procedió a bajarle los pantalones, se dio con la terrible sorpresa de que “el muchacho tenía el cuerpo salpicado de cardenales a causa de las latigueras propinadas por su padre”. Diríamos, pues, que con la muerte de este, no perdió precisamente afecto, sino, más bien, se libró de sus maltratos.

Como vemos, condiciones vitales ostensiblemente deplorables. Una realidad que, obviamente, “contribuía (Carrillo dixit) a su deformación moral”. En su hogar pudo haber, y de hecho lo hubo, de todo, “menos el tacto y la capacidad necesarios para educar a un hijo que se abismaba, cada vez en la sima de la perdición”: se ejercían, por un lado, castigos severos, y por otro, se prodigaba exceso de tolerancia. Y en la escuela la situación no era menos deplorable: “el maestro –seguimos leyendo a Carrillo- encarnaba la arbitrariedad y brutalidad”.

El mito del poeta

¿Podríamos -considerando la reseña biográfica de su primera edad, que hemos seguido en el libro de Alberto Carrillo Ramírez- asegurar que en Luis Pardo, el “gran bandido”, se encontraba escondido el espíritu de un poeta que, abrupta y furtivamente, habría llegado a desbordarse en algún momento de su azarosa vida?

Definitivamente, no podemos dar una respuesta afirmativa.

Pero, claro, tampoco negarlo terminantemente. No están definidas con certeza, y ni siquiera aproximadamente, las condiciones que hacen que un hombre o mujer se convierta en poeta. El poeta nace o se hace, gracias o a pesar de sus circunstancias.

Ahora, concretamente, respecto de Pardo ¿qué podríamos decir? Creo que, simplemente, repetir aquello que escribió Alberto Carrillo Ramírez (a quien, estoy seguro, hay que creerle porque sus datos provienen de fuentes de primera mano): que el chiquiano más famoso “no tuvo inclinaciones literarias”.

Luis Pardo, el ser de carne y hueso, dejó de existir de un modo violento, atroz y, digamos, vil, pero quedó su nombre y el “halo de héroe romántico y popular”[2] que lo envuelve. No fue “un caballero andante, deshacedor de agravios y enderezador de entuertos, defensor de débiles y oprimidos; pero tampoco fue el bandido sanguinario y avezado, cruel y abusivo”[3]. Sin embargo la imaginación colectiva que es rica, que no se detiene y, a veces, puede ser inconsiderada, hizo de él un ángel y también un demonio.

No quedó el demonio y tampoco el ángel. Lo que ha permanecido es el héroe querido que enorgullece a todo un pueblo y al que, incluso, le han levantado un monumento como una suerte de sombra protectora al ingreso de la ciudad[4], lo cual es ciertamente loable y legítimo; pues, frente a los pulcros personajes con patillas, charreteras y laureles que nos impone el patriotismo de calendario cívico, no resulta inadmisible la creación de héroes alternativos y dioses a la justa medida de los intereses secularmente desdeñados del pueblo, y “más aún si estos encarnan las ansiedades y los deseos de justicia y libertad”, como expresa Javier Garvich[5]. Por ello, más que el individuo históricamente caracterizado, es en realidad el personaje mítico el que pervive. Y Luis Pardo es, ya y definitivamente, un personaje mítico.

Y como, casi siempre ocurre, los mitos traen como cola más mitos[6]. Durante mucho tiempo hubo quienes convenían en que Luis Pardo fue, también, poeta. Como escribió Carrillo Ramírez, “para unos la personalidad de Pardo fue la de un político ‘fanático’, de un revolucionario de tendencias socialistas y de un poeta, por añadidura”. Alguien, incluso, ha escrito algo que va más allá de la simple imprecisión referida a la “personalidad” o a las “inclinaciones literarias” de este personaje y ha señalado que “se sabía de la producción poética” del gran bandido[7], es decir que escribía poemas. No se ha llegado, sin embargo, a tener evidencias reales de esto. ¿Por dónde, de ser cierta esa afirmación, habrían ido a extraviarse los jamás encontrados manuscritos? Nos atrevemos a creer, por ello, que esto no es más que un noble e ingenuo mito, creado por la fantasía popular, que se agrega a todo lo bueno y malo que sobre el bandolero chiquiano se llegó a decir.

Aparentemente, el surgimiento y activación de este mito habría tenido su origen en la aparición, en setiembre de 1909 (unos meses después de los luctuosos sucesos en que perdió la vida Luis Pardo), de un largo poema publicado en el semanario Integridad que dirigía el escritor liberteño, Abelardo Gamarra, “El Tunante”.

Se trata de un poema que lo componen ciento veinte versos, en que se habla de “las aventuras y desventuras de un personaje que en vida fue perseguido, abusado y difamado”[8] y que comienza lamentándose de su situación de hombre solitario que “por jalcas y oconales, sin hallar fin a sus males, va arrastrando su calvario” y nos dice, además, que a su padre lo mataron y que su madre murió de pena. Y habla, también, acerca de la desdicha de haber perdido a la mujer que amó (“pues nací para infelice”).

El poema empieza, diríamos, casi a la manera de los grandes poemas épicos de la antigua Grecia ( La Iliada , La Odisea ), en los cuales se invoca, de entrada, a la musa como punto de apoyo para luego desarrollar el relato de las hazañas y contingencias del héroe[9].

En el llamado “Canto de Luis Pardo”, en lugar de buscar el amparo y estímulo de la musa, se invoca, como consuelo, a la “dulce andarita”: “Ven acá mi compañera;/ ven tú, mi dulce andarita,/ tú sola, sola, solita,/ que me traes la quimera/ de aquella mi edad primera…”. Y a ella, la andarita, el poeta comienza a contarle sus cuitas.

El poema, en parte narrativo, está escrito en primera persona. Fue sacado a luz, en el periódico dirigido por “El Tunante”, sin darse a conocer el nombre de su autor, lo cual generó más de una sospecha entre los lectores. Unos atribuían su autoría al director del mencionado semanario y otros a Leonidas Yerovi, que entonces escribía para la revista semanal “Actualidades”. La presunción -ligera, por cierto- que también se generó fue que quien lo escribió no pudo ser sino Luis Pardo, dada la obviedad del texto en que aparece el nombre del “gran bandido”.

Alberto Carrillo Ramírez se encargó, como ya hemos visto, de desmentir aquella peregrina conjetura. No solo afirmó que Pardo carecía de inclinaciones literarias, sino que, además, por el hecho de que en el poema aparecían ciertas expresiones ajenas al hablar chiquiano, resultaba prácticamente inaceptable atribuirle su autoría[10]. Aunque -a pesar de esta pertinente e irrebatible aclaración hecha en el libro que trata de la “vida y hechos del famoso bandolero chiquiano”- algunos siguen pensando lo contrario, debemos afirmar enfáticamente que hablar de “Luis Pardo poeta” no es más que aludir a un mito romántico pero innecesario, sugestivo pero exagerado.

El mito de la amada muerta

Como hemos dicho, Carrillo hace referencia a palabras no usadas en Chiquián y que aparecen en el poema de marras. Una de ellas –que en su libro se resalta en “negritas”- es oconales, expresión referida a los humedales andinos[11]. Pero en la que pone mayor atención es en una palabra que, al igual que la mencionada, no aparece en el diccionario de la Real Academia y que, efectivamente, no era empleada en Chiquián; se trata de “andarita”[12].

Bien, nos encontramos aquí con la aparición de otro mito; digamos, de otra fabulación. Es cierto lo que dice Carrillo: considerando el uso de esta palabra, andarita, ya tenemos una razón para descartar a Pardo como autor del poema que, dicho sea de paso, demuestra que quien lo escribió era un experto en versificación; al menos, los versos que lo componen son unos octasílabos realmente bien hechos. Sin embargo, otro es el tema ahora.

Dijimos antes que el “Canto de Luis Pardo” empieza invocando la compañía de la “dulce andarita” como consuelo del hombre solitario que quiere que sea ella quien le escuche contar sus “aventuras y desventuras”. Cierto. Y una de aquellas desventuras, además de la muerte de sus padres (él asesinado y ella aniquilada por la pena) se debe al alejamiento de la mujer amada. Eso es lo aquel “hombre solitario” le cuenta a la “dulce andarita”: le dice que él amó a una mujer a la cual hubo “también de perder…/ pues nací para infelice”.[13] El mito o, mejor dicho, los dos mitos generados en torno a esto, están en que suele afirmarse, primero, que es la “andarita” la mujer amada que perdió el protagonista del poema, o sea Luis Pardo; segundo, que esa pérdida se produjo por muerte de la fémina.

Una cuidadosa lectura nos permite advertir que no es así. El poema habla, efectivamente, de la pérdida de la mujer amada que, obviamente, llena de desconsuelo al hombre que la sufre. Pero en ninguna parte se precisa que ella hubiera muerto. Simplemente se alejó del hombre que la había amado, y al despedirse le regaló, a manera de recuerdo, un pañuelo. Leamos la penúltima de las décimas: “Cae la noche, en el cielo/ surge la argentada luna/ triste como mi fortuna/ sola cual mi desconsuelo. / A su luz beso el pañuelo/ que me dio a la despedida,/ que en su llanto humedecida/ besó ella con pasión loca/ y que guarda de su boca/la huella siempre querida.” Más claro, imposible. El desconsuelo de Luis Pardo –ateniéndonos a la lectura del poema- no se debió, pues, a la muerte de la mujer amada, sino a que, en su llanto humedecida, ella simplemente lo abandonó.

El mito de “la andarita”

Y aquella mujer pudo haber tenido cualquier nombre o cualquier apodo pero, definitivamente, no fue Andarita. Primero, como hemos dicho, porque el poema no dice nada de esto. Segundo, porque esta palabra –salvo en estos últimos años- no era usada ni conocida en Chiquián.

Se ha dicho y escrito que “Andarita” fue el apodo cariñoso con que Luis Pardo trataba a la andina mujer que amó[14], comparándola, de esta manera, con una bella flor de monte que –se asegura– habita el noroeste del Perú y “cuyo tallo es de color gris y capullo de pétalos guinda con aroma a cedro y jazmín”. Bella definición esta que, como se ve, tiene mucho de poesía. Pero nada más.

Es cierto, la andarita corresponde a la zona norte de nuestro país, pero no precisamente al noroeste, sino a la sierra que va desde Pallasca hacia Cajamarca. Es una expresión bella y sugerente que cuando niños la escuchábamos y pronunciábamos con especial regocijo, y recordarla ahora nos produce una inefable emoción.

Pero -digámoslo de una vez por todas- este nombre no se asigna a ninguna flor “de pétalos guinda con aroma a cedro y jazmín”. Hemos tratado por todos los medios a nuestro alcance de ubicarla en algún punto de este Perú de metal y melancolía que cantó García Lorca, pero no hemos logrado el resultado que pudiera corroborar lo dicho acerca de aquella misteriosa “flor de monte”.

Es que, en realidad, no es una flor, sino un instrumento musical. “Andarita” es el nombre que se le da a una especie de flauta de pan -parecida al siku altiplánico-, más comúnmente conocida, en gran parte de nuestro país y en alguna otra región de Sudamérica, con el nombre de “antara”[15]. Es probable que para darle una sonoridad más suave y lograr una acentuada eufonía (uso que es común en nuestro país), se haya recurrido al reemplazo de la “t” por la “d”, convirtiéndose “antara” en “andara” y -habituados como solemos ser a los hipocorísticos- terminara usándose “andarita”. En otros países, esta andina flauta de pan recibe diversos nombres: rondador, hipacate, julajula, flauta de pan Calchaquí, etc[16]. Es un instrumento humilde cuyos sonidos son como trinos de ave silvestre y que, al igual que la quena, solía ser la consoladora compañía del hombre del ande en sus solitarios desplazamientos por jalcas y oconales[17]. Por ello es que el poeta autor del “Canto de Luis Pardo”, que evidentemente conocía este instrumento, lo eligió como un personaje importante en su composición, requiriéndolo como interlocutor e invocándolo como consuelo, para hablarle de pesadumbres y aventuras.

El Tunante


Pero es evidente que, no obstante saber de qué se trataba, el poeta incurrió en lo que podríamos llamar tal vez una “incoherencia referencial”, pero preferimos hablar de licencia literaria: el contexto o las circunstancias que motivaron el poema (que habla de las cuitas y aventuras de Luis Pardo) se ubican geográficamente en Chiquián y en sus inmediaciones donde, como ya hemos dicho, “andarita” era una expresión desconocida. El poeta pudo no estar enterado de esto y por eso empleó el término o, sabiéndolo, no lo descartó debido a su ya mencionada eufonía. Podría haber usado un término más cercano a Pardo o al castellano de Chiquián o, más precisamente, en lugar de “andarita” haber escrito, por ejemplo, “quena”. Pero, en fin, esto es harina de otro costal. Lo que queda claro es que ni fue Pardo, ni ninguna otra persona nacida en Chiquián o en los pueblos vecinos a esa bella y culta ciudad, quien escribió el poema que nos ocupa.

Tiene que haber sido alguien proveniente de la zona en que se conoce el instrumento denominado andarita. Y esta certeza nos incita a descartar asimismo, de plano, a Leonidas Yerovi que, como vimos antes, también fue mencionado como probable autor del poema[18]. El ingenioso fundador de “Monos y monadas” no tenía ni idea acerca de la “andarita”.

Llegado a este punto, creemos que más cercana a la verdad se encuentra la sospecha de que el autor pudo muy bien haber sido Abelardo Gamarra, “El Tunante”. Primero, porque él fue, amén de humorista, un maduro y culto poeta; segundo, porque, sin tener precisamente que haber simpatizado con el “Gran Bandolero”, fue quien –en medio de una agresiva campaña periodística de ensañamiento y calumnias- trató de defenderlo “en un artículo especial de su periódico”[19]; y tercero, porque Gamarra nació en Huamachuco y, debido a ello, conocía lo que es una andarita. De él expresó Mariátegui que se trataba del escritor “que con más pureza traduce y expresa a las provincias”; en su obra, agregó, “es demasiado evidente la presencia de un generoso idealismo político y social”. Y esto es lo que se hace patente en el poema escrito en honor a Luis Pardo, que es -dicho sea finalmente- considerado una de las primeras composiciones “de protesta”, lo que se condice en cierto modo con el espíritu contestatario y de “verdadera adhesión a su patriotismo revolucionario” que, según el autor de los “Siete Ensayos”, puso de manifiesto Gamarra desde su juventud. Habría que preguntarse por qué no colocó su nombre al publicarlo y dejó que circule aquello del “envío anónimo a la redacción”. Las razones solo él pudo conocerlas y, obviamente, prefirió guardarlas. [20]

Debemos decir, finalmente, que -no obstante tener el soporte de los razonamientos expuestos y fundarse, además, en lo que Jorge Basadre[21] estimaba como cierto- la afirmación que expresamos sugiriendo enfáticamente la autoría de Gamarra respecto del poema motivo del presente ensayo, es probablemente solo una imprudente hipótesis. Más allá de argumentos, se requeriría de incontestables pruebas documentales. Ojalá alguien pudiera encontrarlas.

Creemos estar en condiciones de asegurar, sin embargo, que si la persona que escribió el “Canto de Luis Pardo” no fue Abelardo Gamarra (a quien nuestro historiador de la República consideraba como tal), tuvo que haber sido un poeta natural de Huamachuco (tierra de El Tunante) o de algún otro pueblo de la sierra norte de Ancash, de La Libertad o de más allá. Pero, en definitiva, ninguno de Chiquián.
Lima, abril del 2009

NOTAS
[1] A. Carrillo Ramírez: Luis Pardo, el gran bandido. 2da. Edición, Lima, 1976

[2] Félix Álvarez Brun: Ancash, una historia regional peruana. Lima, 1970.

[3] José Ruiz Huidobro. En: Revista ancashina Eco Regional, julio 1960.

[4] En el centro de un pequeño parque, a la entrada de Chiquián, se encuentra la estatua ecuestre de Luis Pardo levantando un revólver con la mano izquierda, y unos metros a la derecha, la imagen esculpida de Santa Rosa, patrona de la localidad, sostiene en la diestra una cruz.

[5] Javier Garvich: Un fin de semana con Luis Pardo en: http://lapizymartillo.blogspot.com/

[6] Se considera aquí al mito en su acepción de fábula, de fantasía o de creencia aceptada y trasmitida por una comunidad; no como creencia cosmogónica.

[7] es.wikipedia.org/wiki/Luis_Pardo.

[8] El canto de Luis Pardo. En: http://eruizf.com/musica/luispardo.html

[9] “Diosa, canta del Peleida Akileo la cólera…” ( La Iliada ).

[10] Carrillo dice: “Estas décimas no puede haberlas escrito Pardo, porque él no tuvo inclinaciones literarias; además, en ellas figuran palabras que no son propias del hablar chiquiano, como “andarita” y otras.”

[11] “Los oconales son lugares húmedos o parcialmente anegados, pantanosos o semipantanosos que se presentan en la región altoandina del Perú sobre los 3.300 m . de altitud.” ( http://rua.ua.es)

[12] Durante el encuentro de escritores realizado en Chiquián a principios de este año, pudimos advertir que esa ciudad la palabra “andarita” ha sido asimilada con relativo fervor. Supimos también que a una chiquilla declamadora habían proclamado como “ La Andarita ”.

[13] Nótese, además, que no es el término “infeliz” el empleado, sino otro que evidencia un ostensible carácter poético: “infelice”.

[14] Veamos lo que aparece escrito en la Internet : “Cerca a los 25 años se enamoró perdidamente de Zoila Tapia, una joven pastora, que él llamaba cariñosamente “Andarita” (nombre de una flor silvestre que crece en noroeste de Perú) y formó vida conyugal con ella. Pero su felicidad no duró mucho: Zoila falleció al dar a luz a su hijo, quien murió poco después.” (es.wikipedia.org/wiki/Luis_Pardo)

[15] Instrumento consistente en una hilera de cañas de carrizo abiertas en uno de sus extremos, dispuestas en orden decreciente y afinadas en escala pentatónica (por lo general en “la” o en “mi”).”

[16] www.cidemp.org/oldpage/libro1/generalidades.htm

[17] Es común recurrir, poéticamente, a un instrumento familiar para contarle las penas. Recuérdese, por ejemplo, el vals “Guitarra” de Augusto Polo Campos.

[18] Un dato curioso: el escritor Darío Mejía afirma haber encontrado un catálogo de los antiguos Discos Victor de los años 1924-1925, “donde el vals Luis Pardo figura con Leonidas Yerovi como autor”, y fue grabado por el dúo Gamarra y Marini, hijo, el primero, de “El Tunante”: www.boletindenewyork.com

[19] Ver: Carrillo Ramírez.

[20] Años después de publicado el texto se efectuó una adaptación para convertirlo en vals criollo con música del compositor Justo Arredondo.

[21] Ver: Edmundo Cornejo U. Nota bio-bibliográfica a “En la ciudad de Pelagatos” de Abelardo Gamarra. Ediciones PEISA. Lima, 1975.