sábado, 16 de abril de 2011

EL CACHALOTE MUERTO/ ARMANDO ARTEAGA

EL CACHALOTE MUERTO

Por Armando Arteaga



Sobre la bruma de este gran litoral
Miro este cachalote muerto
Miro a los hombres, pescadores, muertos también
de hambre, de dolor, de incertidumbre.

Qué presagio trae este pedazo de carne y grasa
muerta. Sobre la arena duerme eternamente
el cachalote. ¿Habrá venido de qué otros océanos y/o
                               de qué otros continentes lejanos?.

No molesta a nadie, el cachalote. No pide nada a nadie.

Es cierto. Está muerto. Pero tiene el coraje de estar allí,
recordándonos que la vida es breve y termina
en cualquier sueño como este de mar y playa,
de muelle
y malecón, de casas pueblerinas, de maderas leves pintadas
de diversos colores que le dan ahora la bienvenida.

Tiene, el cachalote, las puertas abiertas al más allá
de otro rincón algo más filosófico que esta vida terrenal.

Los hombres están vivos, pero también están muertos
como el cachalote. Son muerte y grasa.
Y confiesa  su propio “egotismo” en este rojizo puerto Etén.

Yo, miro el cachalote muerto, soy especie única. La impronta
de Unamuno.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo es qué llegó hasta esta playa
este cachalote muerto.

Nadie sabe exactamente
quién vive ahora: los hombres vacilándose con el vallenato,
o el cachalote, hermanos muertos.

Nadie sabe nada,
ni para qué sirve la poesía de mirar el mar
y de hurgar sobre la carne mosqueándose de este cachalote muerto.

Nada salva al cachalote.

El mar sí.
El mar siempre será vida.
Lo acompaña el cachalote como testimonio, o el poema.
Para terminar en esta orilla de arenas movedizas.
Donde el mar besa la playa y el muelle destartalado: mejunje natural. El mar sí.




1 comentario:

  1. Excelente poema, humanísimo, un abrazo, Rosina V.

    ResponderEliminar