viernes, 23 de julio de 2010

AURELIO ARNAO Y EL CUENTO MODERNISTA / ARMANDO ARTEAGA

Imagen: Armand.

AURELIO ARNAO Y EL CUENTO MODERNISTA

Por Armando Arteaga
El modernismo fue entre nosotros un movimiento de mucha personalidad literaria, no sólo por aquella fuerza audaz y cosmopolita que se desarrolló en la poesía peruana y latinoamericana bajo el brío de Rubén Darío y con cierto aire de afrancesamiento literario y mundano, a la sombra tutelar de Víctor Hugo, Verlaine, Rimbaud y Mallarme. Importa muy poco este desliz anecdótico. La energía rubeniana le permitió a la poesía latinoamericana una aceleración y un avance en su prestigio y calidad literaria. Se lapidaron los provincialismos surgidos de nuestra excentricidad americanista "entre comillas" (que en algún momento atesoró Chocano, por ejemplo).Es cierto, Chocano fue un escritor precoz, y sin quererlo, empujo a madurar está etapa inicial de nuestro modernismo peruano desde la revista La neblina que editó, adscrito al naturalismo más nativo y precario. La poesía tardó en desarrollar la nueva estética al cambio por pruritos y perjuicios que no vienen al caso tener en cuenta para este análisis. Siempre tardamos en llegar a las edades, y la excepción no fue tampoco en poesía contemporánea al comenzar 1900. Pero, en la narrativa, los primeros modernistas caminaron con los avances del siglo. Estuvieron al nuevo tiempo de los cambios y la modernidad exigida. Fue todo un acierto muchas veces la incógnita de la permanente presencia existencial de estos jóvenes escritores que se esforzaron por darle un nuevo perfil a la crisis y a la crítica expresada por el maestro González Prada, y al ingreso del nuevo influjo de Chocano con el modernismo literario. La narrativa no tuvo un solo líder estrella, tuvo muchos militantes sinceros y de gran nivel. Nos vamos a ocupar ahora de este episodio del desarrollo del cuento modernista que tuvo grandes forjadores en el escenario latinoamericano: el mismo Rubén Darío ( "El Rey burgués"), Amado Nervo ("Almas que pasan",1906), Manuel Díaz Rodríguez("Cuentos de color", 1899), Vargas Vila("Flor de fango") , Gómez Carrillo("Flores de penitencia"), Blanco Fombona, no escapando de esta esquematización forzada tampoco de la narrativa de Esteban Echevarria(1805-1851) con su cuento "El Matadero" y de Horacio Quiroga (1878-1937) con su cuentos de selva y costumbrismo como "El yaciyateré", o tal vez Ricardo Guiraldes por sus "Cuentos de muerte y de sangre" que son los que más se le parecen a los de Arnao, todos grandes precursores de este genero narrativo. Se ha esquematizado sobre "la imposición del significado sobre el significante" en el estereotipo del cuento modernista, pero esta es una atribución bastante simplista, con la que no estamos de acuerdo. Es cierto que el lenguaje prevalece sobre el contenido y la técnica cuentística, pera se comunica ya en el significante del cuento modernista el esfuerzo por definir una estructura y una visión particular y poética en el acto expresado de contar las cosas. La intensidad del narrador modernista es muy significativa a los canones establecidos por los principios estéticos de esta escuela, pero fueron evolucionado hacia el costumbrismo y hasta cierto realismo social. No hay una determinada concepción "dura" y extrema para la ficción modernista. Aurelio Arnao (Huaraz-Ancash, 1872-Lima, 1940) es a no dudarlo uno de los mejores exponentes del cuento modernista, aunque su obra "Cuentos peruanos" comparte también otros estamentos del desarrollo del cuento con el realismo, el naturalismo, el costumbrismo, el indigenismo y hasta cierto pintoresquismo localista. Aparte de Arnao, son exponentes del canon narrativo modernista peruano: Jorge Polar, Renato Morales, Jorge Miota, Clemente Palma, Enrique López Albujar, Francisco Mostajo, Manuel Beingolea, Enrique A, Carrillo, Zoila Aurora Cáceres, Angélica Palma, José Félix de la Puente Ganoza, Felipe Sassone, Hemilio Valdizan, Carlos Camino Calderón, Raymundo Morales de la Torre, Ventura García Calderón, Augusto Aguirre Morales, Alfredo Gonzáles Prada, Darío Eguren Larrea, y Manuel A. Bedoya. Frecuentaron los paisajes de la estética modernista, además de otras escuelas que dejaron, o fueron dejando a través del tiempo. El estoicismo de Aurelio Arnao es su mejor instrumento discursivo, su tarjeta de presentación en el predicativo argumento de su narrativa, su particular visión "real" del mundo es siempre una advertencia lógica de su sincera manera de mirar el mundo y la vida de los hombres de su tiempo, de este olvidado escritor ancashino. No es ningún "provinciano" y menos un marginal dentro del panorama de la narrativa modernista, y el realismo indigenista. Los "Cuentos peruanos" (editados en 1939 con ilustraciones de Raúl Vizcarra y prologo de Aurelio Miro Quesada Sosa) de Aurelio Arnao, tienen el mismo nivel literario de los "Paisajes Íntimos" (1912) de Raimundo Morales de la Torre, de los "Cuentos Malévolos" de Clemente Palma, de los "Cuentos pretéritos" de Manuel Beingolea (1933), o de los "Cuentos Andinos" (1920) de Enrique López Albujar. Escribió Aurelio Miro Quesada Sosa del autor de "Cuentos Peruanos" lo siguiente: "Arnao comenzó su carrera de escritor en esos años que podría decirse tuvieron como eje el cambio de uno a otro siglo. Entre la promoción de poetas, cuentistas, ensayistas de entonces, Arnao se distinguía por su habilidad de narrador, su equilibrio, su don de mover personajes muy reales y qué él sabía componer con elementos en apariencia sencillos con un estilo natural, un vocabulario siempre limpio y un adjetivo siempre justo. López Albujar, con quien escribió un libro -juntos, al alimón- llamado "Miniaturas" dijo que "era el que cuidaba más la forma, entre nosotros", y no deja de tener razón. A los cuentos de Arnao no le sobran palabras, son precisos y amenos, modernos y clásicos, técnicos y experimentales. Arnao no aparece casi nunca en las antologías del cuento peruano y es uno de sus mejores exponentes, al mismo nivel que Clemente Palma y Manuel Beingolea, y queda una ingrata semblanza de Augusto Aguirre Morales en "La Polémica del Vanguardismo 1916-1928" donde refriéndose a los Literatos Jóvenes Arequipeños se le cita entre otros menores escritores: " Aurelio Arnao en tres o cuatro cuentos admirables que escribiera otrora". (Revista Cólonida, Lima, 1916, Nrs. 1 y 2).Lo cierto es que Arnao no tiene cuentos que le sobren nada en sus 30 "Cuentos peruanos". Son de admirar por su técnica cuentística todos, de ellos sobresalen: "El fracaso de Nicholson", "La segunda muerte", "El Pishtako", "La sequía", "El pavoroso cerdo gris", "La sospecha", "Historia vulgar de un hombre de bien", "El amable milagro de la Valvanera", El heroico cabo Jananka", "Gallerías Serranas", "La despenadora", entre otros. Nadie como Arnao (*) en el manejo del horror y el terror. 
Carátula de Raúl Vizcarra.

(*) Reclamamos una mayor atención para con la obra narrativa de Arnao. Se puede decir de este discípulo nuestro de Poe y Lamartine, que se reconoce en él las influencias de Maupassant, Kipling, Chejov, Hawthorne, Stevenson y Melville, en toda su obra: donde se advierte que la importancia de su técnica narrativa está en la arquitectura orgánica de su propio y particular discurso narrativo.

Lima, julio-agosto del 2005.

ARMANDO ARTEAGA Escritor peruano.
          

martes, 22 de junio de 2010

EL DESQUITE/ ARMANDO ARTEAGA

EL DESQUITE
CUENTO
*
ARMANDO ARTEAGA


Castilla-Piura. /Aypate-Ayabaca..

Una calurosa tarde de febrero por el camino arenoso del Angolo llegó un hombre que parecía venía a pie de un viaje de muy lejos, flaco y jamelgo, lento y famélico, casi cadavérico, ingresó por la calle principal del pueblo de Mallares. Traía toda la ropa raída y muy gastados los botines, su recua mula que arrastraba pesadamente todo su equipaje se paró automáticamente frente a las mismas tres tiendas conglomeradas del caserío: la botica La Salud, la bodega Rico y el bar El Averno.

Luego de comprar una opaca botella de elixir paregórico, el hombre se frotaba sobre sus brazos y hombros, la cara y las manos, el famoso liquen, para repeler algún mosquito palúdico de la zona. Hasta que se desplomó sobre un protuberante montículo de arena recostado al último soportal de la puerta de El Averno. Allí durmió haciendo un ovillo de cualquier cosa hasta el día siguiente que el imperturbable sol de las doce lo despertó.

El forastero se hizo amigo de todos los notables del pueblo. Pronto se instaló en una mesa adjunta de El Averno que estaba entre la calle y la baranda solera de la casa. Juan Matías como decía que se llamaba en verdad, tocaba la guitarra en notas disonantes, pero a la vez destempladas inquietando a los vecinos, no faltando uno que, después de tres noches de valses criollos que el forastero entonaba en su propia fiesta interior, se instaló en la otra mesa, al costado, de aquel apiñado bar natural que alborotaba a la gente de tanto calor, salvo la fragancia de los ciruelos que venían desde el fondo del jardín de la casa, y la caña o la chicha, que era el mejor dispendio de estos lares.

Félix Ochoa, nunca se había olvidado del rostro de aquel insólito hombre que hoy nuevamente aparecía por las inmediaciones de la hacienda Sojo, para nada, era el mismo rostro, cobrizo y achinado, con las cerdas negras de bigotes que ostentaba, insistente y predominante, el rostro grasiento y la sonrisa con el particular diente de oro y brillante que irradiaba cuando le daba un sorbo a la chicha o escupía el ardor del último cañazo que devoraba todas las intensiones puras del ambiente.

Para Félix Ochoa, era el mismo maldito que lo dejó en la orfandad hace ya más de veintitrés años cuando vio como un hombre malo venido, ¿de sabe diantre qué entrañas?, o de las serranías de Frías, por Pocúas, lo dejó huérfano, solo en el mundo, rodando por el mundanal ruido, sin poder parar la rueda, viviendo en la inclemencia, y sin nada que le devuelva la alegría de entonces cuando era niño, allá en Serrán, en su natal pueblo La Qemazón.

Juan Matías ni se percató de la presencia de algún peligro, esa tercera noche de jarana, al contrario de las dos anteriores noches de vela, lució sus mejores ropas y sortijas, y se entregó por entero al lamento de la guitarra, al despertar de esos desconcertantes valses piuranos que lo ponían melancólico y taciturno, y como no dejó de pensar la bella Doña Eduviguenes, la pespita mujer que servía a los comensales y parroquianos de El Averno:

...tenía el forastero unos ojos de loco, arrechos, que parecían no miraban hembra desde hace siglos...

-“No la va a ver nunca más” –pensó para sus adentros Félix Ochoa-, mientras acariciaba el brillo metálico y navajero de su garantizado*, un puñal certero, una sombra veraz, que le quitaba la vida y el sueño al más perspicaz ciudadano, y mirando con cierta ternura, con cierta venganza, le suplicó a Doña Eduviguenes: la décima cuarta copa de cañazo, es un buen número para empezar algo nuevo.

-Sírvale otra copa a mi nombre- pidió el forastero, que yo invito y pongo la música, para que nos entusiasmemos.

Fue una buena oportunidad para Don Félix, el desagravio.

-No vas a invitarme nada, desgraciaoo - exclamó con ojos endiablados Don Félix-, metiéndole con todo el certero y garantizado filo de la hoja del metal, fríamente, toscamente, la sangre brotó, ...y ya no te acuerdas, hijo de puta, cuando mataste a mi taita, y lo dejaste sin muger, largándote con mi madrastra, so forajido, perdiéndote en huida por la faldas de cerro Oyotún, aquel día, aquella tarde.

-So infeliz, mataste a mi padre, perro, y no te voy a perdonar, nunca. Mejor dicho: es la venganza del hijo, so hijo de mala madre.

*Puñal que usan los campesinos del Alto Piura.

Fotos: Armando Arteaga.

jueves, 5 de noviembre de 2009

LOS COLORES DE WITTGENSTEIN

Minificción.
  LOS COLORES DE WITTGENTEIN 
Por Armando Arteaga

Un condenado a muerte llamado Ludwing Josef Johann se escapó de la cárcel. Fue algo muy lógico la manera de usar su pensamiento wittgensteiniano para escapar de la condena que le impuso un tribunal. Muy listo, el condenado jardinero había leído también Óptica de Newton y la Teoría de los colores de Goethe. Un día antes de la ejecución de la sentencia comió ensalada rusa con abundante beterraga. Al amanecer, pidió ir a la enfermería por sentirse muy mal de salud. Al medico le pidió entonces ir al baño, y al defecar, estremeció de rojo el w.c. Llamó al medico y le explicó que tenía una intensa hemorragia interna anal, y/o hemorroides muy aguda. El medico de la cárcel no vaciló en pedir su traslado hacia una clínica de mayor importancia y de rigor galeno en la ciudad de Viena para ser atendido. A un condenado a muerte se le respeta la vida hasta el instante final de la ejecución de la sentencia. Situación excepcional * que el condenado a muerte aprovechó para convencer a su guardián acerca de la importancia de vivir en libertad (mientras era trasladado a la clínica especializada en gerontocomía en Viena). Asunto que se consolidó corrompiendo con dinero a su guardián. ¡Viva la libertad! –exclamó el condenado a muerte al cruzar la frontera del país del tribunal que lo condenó a muerte-. Todo es según el color del cristal con que se mira.


*Variable aleatoria bidimensional discreta: morir o no morir por la sentencia. Teoría de probabilidad e inferencia estadística.

Del libro ¨Los pobres diablos¨.

viernes, 25 de septiembre de 2009

LAS FLORES DE MI ABUELA/ POR ARMANDO ARTEAGA


Ficción Breve

LAS FLORES DE MI ABUELA

Por Armando Arteaga



 Mi abuela siempre viene hasta su jardín todas las tardes del fondo de la casa triste aquí en Sullana, habla sola, arregla sus flores: claveles, geranios, margaritas, alguna que otra magnolia seca que destaca entre las espinas de los cactus que también son de su predilección.
Pero yo estoy bien muerto desde hace años, tiempos en que –dicen- me atropelló el tren salitrero que venía de Paita, o me ahogue en el río Quiroz, por lo tanto pertenezco al mundo de los que no viven.
Y mi abuela, buena persona, habla con los muertos, y habla conmigo.
-¿Te estás portando bien, Gervasio?.
-Si, abuela.
-¿Haces siempre tus oraciones?.
-Verdad, abuela, si.
Nos ponemos a platicar horas de horas. ¿Cómo anda el pueblo, abuela?. Como siempre la gente no aprende nada, siguen viviendo en la ignorancia y el materialismo de las cosas –dice ella-. Haciendo jugar sus manos con el mandil azul a cuadritos que siempre lleva puesto.
Hasta que alguien trastoca el dialogo de la abuela. La otra tarde fue mi primo Telesforo.
-¿Abuela, qué haces hablando sola?.
-No hablo sola, muchacho, perverso –responde-. Hablo con Gervasito.
-Abuee..., Gervasio está muerto hace años, no te acuerdas.
-Claro que me acuerdo. Pero Gervasio viene aquí todas las tardes y hablamos. Le doy sus cocadas, sus bocadillos, sus chifles, su natilla con queso de cabra.
-Pierdes tu tiempo, abuee..., aunque están bonitos tus geranios y tus claveles.
De pronto la abuela se ofende. Dispersa al gato negro de la vecina que se ha trepado por el muro trasero de la casa. Y me sigue recriminando.
-¿Cómo, muchachito, ya no te acuerdas, de Gervasito, cuando te hiciste la vaca y se fueron a bañar al río, y el pobrecito se ahogó?. ¿Ya no te acuerdas, seguro?. Tú tuviste la culpa, muchacho zamarro, me coge la cabeza, acariciando mis cabellos negros.
-Si me acuerdo siempre de eso abuela…
-Ya ves Gervasito, te acuerdas. Mira cómo ha crecido Telesforito.
Y mi primo Telesforo se mira los zapatos recién lustrados con betún negro. No quiere ensuciarse los zapatos con la tierra del jardín.
-Esta siempre hermoso tu jardín, Abuee...
-Claro, dice, la abuela, con lo que me cuesta cuidarlos a ustedes, y el jardín.
-Mi abuela está loca –dice Telesforito-.
-Te estoy escuchando, muchachito malcriado, crees que estoy sorda. Ni loca ni ciega como para no darme cuenta que eres un incrédulo.
Pero quiero que sepas, repite, que estas flores no se las regalo a nadie…. Son para la tumba de Gervasito.
Mi abuela hace un ramo de flores lindas. Me agarra del brazo. Anda –me vuelve a decir-, lleva este ramo de flores al cementerio, lo pones en la tumba de tu primo Gervasito. No te olvides, que fue por tu culpa que se murió. Tú fuiste quién lo inquietó para ir al río. Y las aguas se lo llevaron.
-Y aquí están las flores, Gervasito, que te manda la Abuee...
Y hasta la próxima semana, que espero te gusten, y que la abuela tenga más flores hermosas que mandar, y yo pueda seguir esquivando el tren que viene de las lomas de Jíbito. No me canso de saltar por estos rieles de la línea del tren.


Del libro: "Los pobres diablos".

martes, 18 de agosto de 2009

martes, 4 de agosto de 2009

ESTAS POBRES IMÁGENES/ ARMANDO ARTEAGA

ESTAS POBRES IMÁGENES
Por Armando Arteaga
 
Pza. de Armas de Trujillo. Foto: F.Hidalgo.

ESTAS POBRES IMÁGENES
arrojadas por la calle
tuertas, cojas, pordioseras
vienen en cada gesto y nada
las detiene, ni la insolencia
desprendida de los bares
entre esperas, baladas y cervezas
llevan esas cadencias de amantes
que las hacen célebres y nos lastiman,
recorren las chabolas, las páginas mejores
de una novela y mueren,
pero nos dejan el dolor de una uña partida
tan crueles, que nos anuncian
atroces pensamientos en la piel
en la mirada,
como oscuros designios
que nos vuelven, a lugares no vistos
en el mismo baile, en el aroma
de la hierba
presagio, o álamo que cae
por el hacha del fuego,
van en el ave más libre y la insistencia,
ciegas, paralíticas, obscenas
así como son,
tan despiadadas vienen que un día
se transforman en el pulóver,
en las nalgas
de una muchacha, o en el tranvía
que alguna vez reconocemos
entre afiches de reloj-pulsera Seiko
y muebles 501
de cosas que envejecen pronto,
el zapato en la mierda, oh poesía.

Del libro: "Avistar".